Una pregunta que vino de la vida ejecutiva
Durante muchos años, mi vida fue la de una ejecutiva. Fue desde dentro de ella que la pregunta empezó a incomodarme. Veía personas que buscaban todo lo que habían imaginado, trabajo, carrera, hijos, familia, y no se sentían realizadas. Y veía también lo opuesto: personas que perdían una credencial, pasaban por un despido o una separación, y decían que la vida entera se derrumbaba.
La misma pregunta servía para ambos casos. ¿Qué poder es este, que entregamos tan fácilmente a lo que está afuera? Para responderla, empecé a investigar, a conversar, a indagar. El estudio reunió a más de 400 personas.
Lo que dijeron los números
El resultado fue más duro de lo que esperaba. Cuando preguntábamos dónde sentían estas personas que estaba el poder, casi todas apuntaban hacia afuera: hacia otras personas, hacia las circunstancias, hacia lo que tenían. Solo el 8% sentía que el poder era suyo.
Ocho por ciento. La cifra desnuda una dificultad que cargamos casi sin darnos cuenta: reconocer quiénes somos. A lo largo de la vida, aprendemos a alejarnos de nuestra propia identidad. Y cuando algo externo se rompe, parece que perdemos poder incluso sobre nosotros mismos.
Cómo se va entregando el poder
Esto no ocurre de una vez. Ocurre poco a poco, por capas culturales y sociales. Desde temprano escuchamos que debemos tener un buen matrimonio, ser independientes financieramente, dar la talla. Cuando llevamos esas exigencias adentro, empezamos a darles poder.
De ahí nace un movimiento que reconozco en casi todos. Cuando el trabajo no nos hace felices, trabajamos más, para ver si la felicidad llega. Cuando el matrimonio no va bien, nos dedicamos más a él, por la misma esperanza. Como nunca es suficiente, damos aún más, y la conciencia pesa, porque dar de un lado es fallar en el otro.
El péndulo
Lo llamo péndulo. De un lado, entregamos cada vez más poder, buscando una satisfacción que no llega. Del otro, cuando aparece el agotamiento, intentamos sanar: años de terapia, prácticas que van surgiendo, viajes que compensan por un instante. Y luego volvemos al mismo lugar.
Los dos lados parecen opuestos, pero son el mismo gesto. Ninguno te devuelve el poder, porque ambos siguen apostando a que la solución está en algún extremo.
El poder consciente no está ni allá ni acá. Está en el medio. Está en el momento en que dices: mi poder no está en este extremo, ni en aquel. Mi poder está en cómo manejo estas dos fuerzas y en cómo actúo dentro del escenario de la vida. Porque la vida continúa: hay que trabajar, cuidar a quien se ama, administrar todo eso. La cuestión es recuperar el poder para uno mismo y dejar de entregarlo, ni a las personas, ni a las situaciones.
Los velos y el rostro
No se trata de rechazar los papeles. Está bien querer ser un buen profesional, una buena madre, un buen amigo. Está bien ser ambicioso. Suelo usar la imagen de los velos: vas poniéndote esos papeles a lo largo de la vida, y cada uno tiene su lugar.
El riesgo es confundir el velo con el rostro. Cuando sé quién soy dentro de una relación, no doy poder al otro, porque el poder ya es mío. Entiendo mi potencial, entiendo por qué estoy ahí, y quedo menos rehén. El problema nunca fue tener matrimonio, trabajo o logros. Fue depender de ellos para saber quiénes somos.
Tres pilares para recuperar el poder
La investigación señaló algo concreto. Las personas que reunían tres características eran mucho más propensas a ver su propio poder interno.
- Identidad: quién soy dentro del mundo. No basta mirar solo hacia dentro, porque hacia dentro también miramos con nuestros propios traumas y con lo que queremos ver. Hay que preguntar qué ve el mundo de mí.
- Contexto: el escenario en que estoy inserto. Reconocer ese escenario y preguntar cómo yo, con mi identidad, me posiciono en él.
- Acción: actuar teniendo en cuenta identidad y contexto. Solo conocerme, sin actuar, hace que mis relaciones y lo que quiero poner en el mundo no avancen.
Estos tres pilares son la base de la Estrutura Consciente de Poder. No funcionan por separado. Reconoces quién eres, lees dónde estás y eliges cómo actuar sin ser arrastrado.
Este es el camino entre Ter Poder y Ser Poder: pasar de una potencia condicionada a lo que se tiene a una potencia que no desaparece cuando cargos, relaciones y reconocimiento cambian. Saberlo ya es empezar. Es a partir de aquí que se deja de entregar el propio poder, y se pasa a decir: el poder es mío.
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