Un hombre de traje en el café, sin lugar adonde ir
Tras jubilarse, seguía yendo todos los días al Starbucks frente a su antigua oficina. Vestido de traje. Se sentaba, abría la computadora y trabajaba frente al edificio donde ya no entraba. Cuando le preguntaron por qué, respondió que no tenía adónde ir: nunca desarrolló pasatiempos, perdió a su familia en el camino, y su vida entera cupo dentro de un trabajo.
Este caso, contado por Andrea Eboli en una entrevista en el programa Manhã Z, no es sobre un hombre. Es sobre lo que sucede cuando alguien entrega su identidad a un papel funcional y ese papel, un día, desaparece. Porque va a desaparecer. Es parte de la vida.
El mundo nos enseñó a TENER, no a SER
Tras más de 25 años en el mundo ejecutivo, viviendo en distintos países y entre personas muy diferentes, Andrea empezó a notar un patrón. Las personas quedaban condicionadas a un poder que les era dado, atado a papeles que debían ejercer. El buen profesional. La buena madre. La buena esposa. Y poco a poco entregaban ese poder a las instituciones, a las relaciones, al trabajo. Hasta que, cuando perdían el papel, se perdían a sí mismas.
De ahí nació la investigación. Y los números son desconcertantes. En la investigación de Andrea, el 80% de las personas cree que el poder está fuera de ellas. Solo el 8% reconoce que vive dentro. Más extraño aún: el 60% de quienes ponen el poder afuera quiere seguir buscando exactamente eso, apostando a que la felicidad llega con el próximo cargo, el próximo reconocimiento, la próxima validación. Ese día, muchas veces, no llega.
Es la diferencia entre TENER poder y SER poder. Tener poder es la potencia condicionada a algo que debemos mantener o recibir. Ser poder es no depender de lo que tenemos para reconocer quiénes somos. Tener éxito, prestigio y reconocimiento no impide el vacío, porque quien vive un modelo entregado desde afuera puede tener todo lo que define el poder externo y aun así no sentirse realizado.
El péndulo entre el estrés y la cura
Andrea describe el movimiento en que vivimos como un péndulo. De un lado, el estrés de probar el valor, de ser reconocido, de corresponder. Cuando eso cansa, vamos al otro lado: la búsqueda de cura, las terapias, las meditaciones, el descanso, los viajes. Y después volvemos al caos. Oscilamos entre curar y entregar de nuevo nuestro poder.
El poder consciente no está en ninguno de los extremos. Está en el centro del péndulo: el lugar desde el cual puedes seguir teniendo tus momentos de estrés y tus momentos de ocio, pero sin ser arrastrado por ninguno. El equilibrio es convivir con ambos, no elegir uno.
Identidad, contexto y acción
La Estrutura Consciente de Poder articula una tríada. La primera dimensión es la identidad: quién eres dentro de tu historia, con gratitud por lo que construiste, más allá del autoconocimiento genérico. La segunda es el contexto: no basta saber quién eres en abstracto, hay que saber quién eres dentro de las reuniones, de las relaciones, de los lugares reales. Como dice Andrea, puedes creer que eres todo eso y, en el primer encuentro con la realidad, sentir que el mundo se derrumba. Sigues siendo quien eres. Es el mundo lo que no se controla. La tercera dimensión es la acción coherente: actuar desde quien eres, no ser conducido automáticamente por lo que el contexto espera.
Lo que la inteligencia artificial no sustituye
En época de inteligencia artificial, el control ya no existe, y buena parte del trabajo lo harán las máquinas. La pregunta que queda es: ¿qué nos sobra? Conciencia. Liderazgo humano. La capacidad de tratar con personas que también tienen historias, de conducir desde quien se es, no desde el cargo que se ocupa. Quien se diferenciará es quien tenga más conciencia de cómo transitar ese escenario.
La pregunta que queda
Cerca del final de la entrevista vino la pregunta que organiza toda la investigación: si mañana tu cargo, tus títulos y todos tus reconocimientos desaparecieran, ¿qué permanecería en ti? La respuesta de Andrea fue sobre la relación con su propia vida, la gratitud por lo que conquistó, los valores, aquello que cree, aquello que desborda de ella hacia el mundo.
No es una fórmula para controlar la vida. Es una estructura para no desaparecer dentro de ella. Y la pregunta no es para responder una vez. Es para hacérsela siempre.
